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Emma Sanguinetti: “La televisión tiene una deuda enorme con la cultura nacional”

Emma Sanguinetti: “La televisión tiene una deuda enorme con la cultura nacional”
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¿De qué querés hablar? preguntó, cuando le dije de entrevistarla. “De todo, menos de tu padre” respondí. Y ahí, aceptó encantada. Es extrovertida, charlatana y sus raíces tanas son inocultables. Apasionada por el arte desde chiquita, esta autodidacta logra hoy vivir de su vocación y tiene lista de espera para sus cursos y viajes. Se define como una contadora de cuentos y doy fe que la charla fue súper amena y divertida. Los invito a este relato de la vida de Emma.

 

 por Alfredo García / Fotos: Rodrigo López

 

Naciste en el 64. ¿En qué barrio vivías?

Nací en Colonia y Yi, en el centro, exactamente enfrente del Automóvil Club.

Después se mudaron.

Sí, más o menos cuando estaba terminando la escuela. Vivimos en un apartamento precioso del centro, de la década del cincuenta. Ahí pasé mi infancia. Después nos mudamos al apartamento de la calle Ponce.

La escuela la hiciste en el Elbio Fernández. Ibas caminando.

Sí, íbamos caminando con mi hermano. Acortaba por las galerías, que ahora están vacías. Me acuerdo del bar El Payaso, que estaba en la Galería Yaguarón. Fui de las primeras generaciones en el jardín de infantes del Elbio, que en ese sentido fue muy de avanzada. Estuve ahí desde los tres años hasta que terminé.

De acuerdo con el agnosticismo familiar.

Sí. El Elbio es un mundo aparte. Hoy se lo toma como un colegio privado, pero yo nunca le dije “colegio” sino “liceo”. Le debo muchas cosas al Elbio. Era un micromundo del macromundo; había gente que venía de todos lados, y no me refiero solamente a las posibilidades económicas sino a las religiones y a todo. Fue siempre como una especie de minilaboratorio de lo que después iba a ser el mundo al que salías. A mí y a muchos compañeros nos pasa que somos una generación muy activa. Santiago Tavella estaba un año por encima de mí. Con Eduardo Blasina hicimos toda la escuela hasta que él empezó científico y yo humanístico, y seguimos la amistad hasta el día de hoy. Estaba Roberto Musso, también. Bueno, el Cuarteto nació en el Elbio. A mí no me pasó algo que le pasó a otra gente y que siempre me impresionó, sobre todo en facultad, con el cambio de un ambiente a otro; para mí fue lo más normal del mundo. En el Elbio fue muy fuerte el valor de la laicidad, también. Hubo profesores que me marcaron muy fuerte.

Viviste el liceo en dictadura.

Sí, y la escuela en tiempos complicados.

En la escuela sos más chico y no te marca tanto.

Yo creo que sí. Me acuerdo de mucha cosa. Pero el liceo lo hice en dictadura, y durante ese tiempo el Elbio fue una especie de oasis de pensamiento. Recuerdo las clases de Historia de Pittaluga Vidal. Era otro universo diferente al de hoy. Hoy creo que los chiquilines no crecen hasta los veinticinco. Yo estaba en quinto del liceo y los profesores fumaban, había una relación de adultos que era totalmente distinta. El Elbio me enseñó un montón de cosas y me enseñó a vivir; tuve un preanuncio de la vida. Y éramos muchos, además, porque era un liceo muy grande donde todo se mezclaba: de repente al lado tenías a un judío y al lado al hijo del canilla. Bueno, yo me casé con el hijo de un canillita.

¡Cómo la educación te puede marcar!

Sin duda. Para mí el Elbio fue muy importante en ese sentido. Me acuerdo una vez que la directora paró a unas chicas que tenían la medallita con una crucecita: “Queridas, esto se lleva adentro, no es para llevar afuera”, les dijo, y les sonrió. Maravilloso. La fe es para uno, no es una exhibición ante el otro. Esas cosas para mí fueron siempre muy importantes.

Hiciste abogacía sin vocación. ¿Por tradición familiar, por descarte, porque odiabas la matemática?

Odiaba la matemática, sin duda. La sufrí, fue literalmente un calvario. Pero no lo hice obligada. Yo quería estudiar Historia del Arte, siempre lo supe, siempre tuve esa vocación definida, desde los once o doce años.

¿Cómo surgió?

Creo que hay muchos ejes. Por un lado mi casa, en aquel ambiente rodeado de cuadros y libros como algo cotidiano. Yo dormía la siesta en el sillón antes de irme al Anglo o a la Alianza Francesa, que son los idiomas que aprendí, y miraba un Nelson Ramos en la pared y me preguntaba qué quería decir aquello. Mi casa era frecuentada por artistas, todo el tiempo.

¿Quién convocaba, tu madre o tu padre?

Los dos. Se hablaba de arte todo el tiempo y yo escuchaba, en esa edad en que sos una esponja. Venían Ángel Kalenberg, Nelson Ramos, Espínola Gómez. Si Peñarol había jugado el sábado y el domingo no había Estadio íbamos a lo de Cuneo, y yo me quedaba sentadita en una esquina mientras él y papá hablaban. Por otro lado hay una inclinación lógica en mí, porque en todo caso a mi hermano también le gusta el arte y los dos tuvimos las mismas oportunidades y escuchamos las mismas conversaciones y a él sin embargo le interesan otros asuntos. Yo soy muy extrovertida, pero soy de los extrovertidos que son no diría que tímidos pero sí solitarios. No me gusta la playa ni tomar sol. Me gusta estar siempre leyendo, desde chica fue así. Si mis padres iban a la playa, yo me quedaba leyendo, a los siete u ocho años.

¿Qué leías?

De todo. Había unos fascículos que editaba un diario —no me acuerdo si El Día o El País— sobre la historia de la mitología griega donde cada historia venía acompañada de imágenes de los grandes pintores. Por allí también me empezó a entrar el arte. Pero leía todo lo que caía en mis manos. Entre los doce y los quince leí mucha novela norteamericana —Faulkner, Hemingway, Somerset Maugham— y leí siempre mucho en francés, también. Aunque detesto el inglés, porque me cansa, siempre me gustó leer a los autores en su idioma, y ahí jugó un papel muy importante mi abuela materna, María Montserrat, que era escritora y dramaturga, y que escribió varias obras de teatro para Margarita Xirgu. Los sábados los pasaba con mi abuela, que me leía El tesoro de la juventud. De algún modo fue la que me enseñó a escribir, porque me regalaba unas libretitas y me decía que si iba a pasear el fin de semana anotara lo que veía, y ella después las leía y me planteaba situaciones. Estoy convencida de que aprendí a escribir así, con ella. Escribo hasta el día de hoy. Ella me inculcó la fascinación por las palabras, por la precisión de las palabras. En mi interés por el arte estuvo entonces mi casa y una personalidad propia que también contribuyó. También es cierto que mis padres, a medida que fueron viendo los síntomas, los incentivaron, además de mi abuela, con la que tuve una relación muy fuerte.

El entorno estaba dado para que surgiera lo que surgió.

Exacto. Fue por ahí. Yo tenía una vocación muy definida.

Pero no había posibilidad de estudiarlo.

Hasta el día de hoy no la hay. En Humanidades lo que hay es Historia, y tenés la cátedra pero no existe la carrera. Yo sabía lo que quería hacer, pero bueno, a los dieciocho años terminé el liceo y era complicado definir. No era como ahora, que los chiquilines se van o tienen el mundo abierto con internet. Estamos hablando de principios de los ochenta. Mi padre además empezaba a retomar una visibilidad muy grande en el proceso de la salida. Mis opciones entonces eran estudiar Historia en el IPA, que era lo que me gustaba, o hacer abogacía, que es una carrera de muy amplio espectro, que te da herramientas para todo. Como le debo mucho al Elbio también le debo mucho a la Facultad de Derecho. Muchísimo, más allá de que me dio una herramienta para ganarme la vida y trabajar muchos años como abogada de oficio. Entré en el 83 y fui la última generación con examen de admisión: salimos corriendo a comprar el diario, porque los resultados se publicaban ahí; se habían anotado dos mil y pico y entramos doscientos ochenta. A la carrera le debo muchísimo, porque te da una estructura mental, te ordena.

Te enseña a estudiar.

Te da la disciplina de estudio, que yo de algún modo ya tenía, porque a los diecisiete años me armaba mis propios programas y les preguntaba a mi padre o a Ángel Kalenberg qué seguir leyendo: “La historia del arte de Hanson”, “La historia del arte de Gombrich”, me decían. Siempre tuve un sentido y una disciplina para el estudio muy especial. En la escuela fui un desastre, sin embargo. Exploté en el liceo, en preparatorio, cuando me empezaron a tratar como un adulto y cuando entré a humanístico y pude estudiar aquello en lo que me sentía cómoda. Pittaluga Vidal en aquel tiempo era el jurado de Martini Pregunta, y me quería llevar a que yo respondiera sobre Miguel Ángel y el Renacimiento. El viejo no podía creer que yo a los dieciocho años hubiera leído todas las biografías de Miguel Ángel y que pudiera hablar de todas sus obras y períodos. Siempre tuve disciplina para el estudio. Reivindico mucho el saber autodidacta; el autodidacta siempre está estudiando para el examen que nunca va a dar, un examen que se da consigo mismo. No sé muchas cosas, y cuando no las sé, lo digo. No tengo problema con no saber y decirlo. Ahora bien, no me gusta no saber, porque automáticamente ni bien digo que no lo sé, quiero saber.

Sos curiosa.

Es la curiosidad la que me llevó a esto. Todo empieza en la curiosidad. Y por otro lado está la capacidad de ser libre de la mente. Son dos cosas fundamentales a la hora de ser inteligente, porque de repente podés tener muchas condiciones y saber mucho de algo pero si no sos libre…

Qué difícil el tema de ser libre.

Es difícil, porque la libertad asusta. Mete miedo. Si sos libre, tenés que tomar decisiones. Y si tenés que tomar decisiones es probable que te equivoques. Y está bárbaro luchar por ser libre, pero ¿qué hacés después de que la conquistás? Ahí viene la parte más difícil. Luchar es facilísimo, es pelearse, enojarse, armar discursos. El problema es qué hacés después con eso, con la libertad, cuando tenés que elegir caminos, que es donde te podés equivocar.

¿Ves ese problema en nuestra sociedad, que la gente cacarea por cosas y después no asume responsabilidades?

Puede ser. No sé si es un problema de la sociedad, no me animaría a decirlo así, pero sí está claro que es un síntoma en las redes sociales. En las redes se opina y se opina, y muy agresivamente, y generalmente no se toman decisiones o no se lleva a la acción lo que se dice.

No hay coherencia entre el decir y el hacer. Entraste a la facultad en el 83, entonces.

Sí. En el medio me fui a estudiar a Buenos Aires.

Ahí sí estudiaste Historia del Arte. ¿Por cuántos años?

Sí, por dos años. ¿Y sabés qué me pasó? Me aburrí, porque todo ya lo había leído. Me pregunté qué hacía ahí, corriendo atrás de un papelito, lejos de la familia y lejos de los afectos.

¿Vivías allá?

Con una tía paterna, casada con un argentino. Mi padre tiene una hermana y dos medios hermanos del segundo matrimonio de mi abuela. Silvia se casó con un argentino. Tengo primos porteños. Silvia me dio un apoyo grande y me acogió, pero me volví, a leer lo que a mí me gustara y a organizarme como yo quisiese. Volví a Facultad de Derecho.

Atrás de otro papelito.

Ese no lo sentía como un papelito sino como un instrumento para ganarme la vida y la independencia. No vengo de una familia de fortuna, y además siempre nos inculcaron el valor del trabajo. Esa era la lógica: estudiar y trabajar. Mi primer trabajo lo conseguí dando clases de Introducción al Derecho en el Elbio Fernández a los veintitrés años, cuando ya era procuradora. Después di Sociología, que son las materias que siempre damos los abogados. Trabajo desde los veinte años, y no paré nunca.

La abogacía era un medio para ser independiente.

Claro. Lo otro era diferente, era mi vocación. Una vocación no se colma en una facultad, es algo más fuerte, algo que llevás en las entrañas y con lo que vibrás. La vocación te transforma la vida y te hace ser quien sos. El arte me ha hecho ser quien soy. ¿Ir a una facultad? No. Pero sí estaba claro que tenía que pelear en la vida y para eso se precisan herramientas, instrumentos y armas. Ahora hay mil carreras, pero en mi época eras arquitecto, abogado, médico, veterinario, profesor o maestro y pará de contar. Y el abogado, al venir de una carrera tan amplia, con un paraguas tan grande, servía para todo: el abogado podía ser profesor, periodista, novelista, podía ser cualquier cosa, y no así un médico o un veterinario. Yo lo pensaba así. De rebote terminó dándome eso, un amplio espectro: aprendés a razonar, a tener una estructura lógica de pensamiento. La facultad no me enseñó a estudiar, lo que me dio fue una estructura de pensamiento y me dio valores republicanos. Derecho Romano ya no se estudia, lo que para mí es un disparate, porque esa materia, junto con Derecho Constitucional, me dio una visión de los valores republicanos. También la facultad me enseñó a escribir y a hablar: el primer año de facultad —todavía en dictadura— los exámenes eran escritos, pero luego el programa cambió y volvió al anterior, y todos los exámenes eran orales y duraban dos horas y media. Orales con tres profesores.

Te paseaban por todo el programa.

Durante dos horas, y a veces más. Como te digo, en ese sentido la facultad me dio todo. Leí autores que no habría leído de otro modo, como los grandes juristas, que al final siempre terminan en su mayoría filosofando sobre arte. Y después obviamente estuvo mi casa, mi familia, que siempre me dio para adelante. No hubo nunca ninguna imposición. Lo que sí se imponía es que había que trabajar y ser útil a uno mismo y a la sociedad. Me acuerdo que cuando volví de Buenos Aires el tema era qué iba a hacer Emma; mi madre estaba aterrada, porque no sabía si yo iba a volver o no a la facultad. Hoy estoy convencida de que al volver tomé la decisión más que correcta. La abogacía me ayudó mucho.

¿Tuviste militancia estudiantil?

En aquella época era imposible no estar involucrado.

Había una efervescencia brutal.

La época de la salida. Esto que digo no tiene nada que ver con mi familia ni con mi padre, sino con mi generación: a mí me explotaba el pecho con la sensación de la libertad, con las cacerolas, con los fogones en facultad. Con el poder hablar. Hablábamos de política en la cantina de la facultad, fumando La Paz sin filtro. ¡Las cosas que hace uno en la vida, cuando es joven!

Y tomabas café en el Sportman.

Obvio, el Sportman era la oficina. Hace diez años se hizo una reunión cuando se jubiló el último de los mozos. Los mozos del Sportman sabían más de derecho que los estudiantes. Unos capos. Después continué en Facultad en el 85 y 86.

¿Te embromó mucho ser quien eras?

Fácil no fue.

Eras la antítesis de lo que es el demos universitario, donde domina la izquierda. Vos eras la mosca colorada.

Era la mosca colorada por mi padre. Yo soy como Pérez Reverte: no tengo ideología, tengo biblioteca.

Macanudo, ¿pero no te impusieron el estigma?

No es un estigma, es que automáticamente la gente piensa que soy colorada y que pienso exactamente igual que mi padre.

Eso es un estigma.

Sí. Contra el imaginario de la gente no podés ir. ¿Qué voy a hacer yo si el mundo no sabe manejar su imaginario? Si todo el mundo cree que yo estoy debajo de una palmera abanicándome mientras viene alguien y me tira una uva en la boca… Cuando entré a la asesoría de oficio me preguntaban que qué hacía ahí. Yo era la hija del presidente. Nada, me anoté en la Suprema Corte de Justicia y me seleccionaron, y ahí estaba. Me decían: “¿No sabías que el Poder Judicial era lo último de lo último?” Yo qué sé. Contra el imaginario de la gente no se puede ir. Siempre cuento con que la gente que se cruza en mi camino aprenda a conocerme. No puedo cambiar el mundo ni la cabeza de la gente. Me costó asumirlo, porque obviamente uno se rebela y dice que por qué los demás no lo pueden ver a uno. Me costó, soy un ser humano. Finalmente entendí que no puedo cambiar el imaginario de la gente, y aprendí a aceptar que la gente siga pensando lo que quiera. Es problema de la gente. Yo solamente trato de que los que se crucen en mi camino me vean, nada más. Fue difícil, sí. Pasé situaciones que no están buenas.

Sobreviviste.

Prefiero quedarme con las situaciones buenas. Soy una agradecida a la vida. Trabajo en lo que amo.

¿Amaste la asesoría de oficio o fue un karma?

No fue ni amor ni karma. Me gustaba, pero no me apasionaba. El defensor de oficio es un psicólogo, un asistente social y muchísimas cosas antes que un abogado. Sí, tenía audiencias, seguí juicios e hice un montón de cosas, pero antes había que escuchar y ayudar. Es gente muy vulnerable, y se generaban lazos. Creo que es una labor maravillosa, y que los abogados que conocí y me crucé ahí son abogados de vocación hacia la gente. Lo sentí así. Me hizo bien en ese sentido.

La mayoría de la gente no tiene idea de lo que hacen.

Yo hice asesoría de familia durante mucho tiempo, y las cosas que ves son brutales. Y además en aquella época los de familia hacíamos la suplencia a menores infractores. Es una labor donde uno tiene que dar mucho de sí. En aquel tiempo también daba clases en el St.Catherine’s, luego de haber arrancado en el Elbio. Mi primer trabajo jurídico lo conseguí por El Gallito Luis, cuando todavía existían las casillas de correo. Yo estudiaba con una compañera, Laura Galarza, una de mis grandes amigas; estábamos en el último año de la carrera y queríamos ponernos a trabajar porque pensábamos que si no nos poníamos a trabajar no íbamos a entender nada del mundo, aunque mis viejos me decían que yo tenía la suerte de no tener que trabajar antes de terminar la carrera, y me decían que me iba a atrasar. Obviamente no di bola. Vimos que en El Gallito Luis pedían asistentes en procuración y con la máquina de escribir hicimos el currículum y lo mandamos. Resultó ser que el llamado era en Ferrere Lamaison, nada menos. Laura entró como procuradora y yo como asistente de Daniel Ferrere, que en ese momento estaba escribiendo un libro de derecho aduanero y precisaba un asistente de biblioteca. Yo era la que me leía los quichicientos tomos y hacía todos los análisis de cada sentencia, con lo que después él escribía.

Ahí estuviste un año trabajando con Daniel Ferrere.

Más de un año. Un monstruo, un tipo con una polenta y una fuerza brutal.

Eso fue un año de posgrado.

Lo que nos hacía laburar… Con Laura nos mirábamos como preguntándonos que qué estábamos haciendo ahí. Ahora bien, qué estudio. Era impresionante. Laura hacía la procuración de todo, con el grupo de procuradores, mientras que yo estaba directamente con él. Él me daba los deberes y yo tenía que hacerle todos los informes. Era un trabajo diferente. Y así nos recibimos, mientras trabajamos ahí. Por eso te digo que yo laburo desde los veinte años. Me acuerdo que ese año vi el primer fax. Claro, ahí tenían toda la tecnología, estaban en contacto con Harvard, con Nueva York, con todo lo último. Acá nadie sabía ni lo que era un fax, en el 85. Él había ido a Estados Unidos y se había comprado uno, y me acuerdo que lo montamos en la cocinita que usábamos para tomar el café: todo el mundo rodeaba la maquinita, ¡y ay cuando empezó a salir el papel y decíamos que aquello venía del otro lado del mundo!

Era algo milagroso.

Se lo cuento a mis hijos y se matan de risa y me preguntan cómo podíamos vivir así. Les cuento que la tele empezaba a las seis y media de la tarde y a las doce se acababa, y no les entra en la cabeza. Ese fue el primer fax que hubo en el Uruguay, y yo lo vi salir.

Un hecho histórico.

Totalmente. Aplaudíamos. Claro, después vino internet, pero en aquella época no había nada. Televisión, teléfono fijo y nada más, esa era toda la tecnología. Las primeras computadoras las vi también en Ferrere.

Estuviste un año y medio. Te recibiste y te fuiste a trabajar como abogada.

No fue inmediato, pero sí, más o menos. Me casé y tuve hijos.

¿Cuántos años tienen?

Eugenia tiene veintisiete y Rodrigo tiene veintitrés.

¿Qué hacen?

Eugenia es licenciada en Relaciones Internacionales, en la parte de comercio exterior, y ahora acaba de volver esta semana de España, donde estuvo un año y medio haciendo un máster en logística. Estoy chocha. Estábamos con la duda de si volvía o no, porque ya estaba trabajando allá. Tenía acá un estupendo trabajo antes, pero dijo que era el momento de hacer el máster y se fue a España. Yo tenía un poco de miedo de que se me quedara allá. Igual si se quedaba hubiera sido su decisión. Que sea feliz donde esté, pero si es cerca mejor. Y Rodrigo tiene una veta no sé si más artística pero sí en todo caso más sensible: estudió Diseño de Sonido en la ORT, es técnico en sonido y le queda nada más que entregar la tesis para una tecnicatura en Administración. Le gusta la música, es un autodidacta en eso. Lo que sabe de música es impresionante.

Dos hijos grandes, prácticamente independientes.

Sí, claro. Prácticamente. Ahora Eugenia acaba de volver, pero sé que es transitorio. Después está Pablo, el hijo de mi marido, al que quiero como un hijo propio. Va a cumplir treinta y uno. Mis libros se los dedico a los tres. Pablo es músico y trabaja en eso, hace música electrónica y hace sonido en rodajes de películas. Se llevan divino, se adoran. Tuve una suerte… Eso sí que es suerte.

Va mucho en el entorno.

Pero a veces se hacen muchos esfuerzos y no se logran resultados.

Ahí está lo que hablábamos de la libertad de cabeza. Si tenés cabeza libre, aceptás las diferencias.

Siempre se llevaron bien. Ayer justo almorzaron los tres juntos.

¿Estás reproduciendo los almuerzos familiares de tu casa?

No, no, no. Los almuerzos en lo de mi padre son irreproducibles. Además, yo trabajo todo el día, fueron ellos los que se reunieron para almorzar, por la venida de Eugenia. Pero mirá que en esto hay una cuota de suerte importante, más allá de todo. Claro, Pablo siempre estuvo en casa desde chiquito.

Hace años estás casada.

No estamos casados con Nero, en realidad, pero lo siento como mi marido. Veintiún años. Con el marido con el que tuve mis dos hijos estuve siete.

¿Qué conflictos grandes tuviste con tus viejos?

Muchos.

Lo que me estás pintando es que hacías lo que se te cantaba, que eras bastante rebelde y que no aceptabas imposiciones. Como hija no debés haber sido fácil.

Para nada. Los volví locos, y lo reconozco hoy que soy madre. Soy consciente de lo difícil que fui. Tengo la suerte y la bendición —mirá la palabra religiosa— de haber tenido hijos que no me hicieron todo lo que yo les hice a mis padres.

No lo digas, porque todavía están a tiempo.

No, ya no. Pero siempre fui así. Y obviamente que nuestra vida no fue fácil. Pero nos queremos. Somos italianos.

Pesa esa cuestión de la familia.

Sí, claro. Pesan los lazos. Ellos siempre fueron muy respetuosos de mis decisiones, en mi vocación y en todo. Es la familia.

¿Fue un plus o un minus ser hija de ellos?

Nunca me lo planteé así. Sufrí lo que me tocó. Obviamente que mil veces me pregunté que por qué me había tocado eso a mí y no a otro, y que por qué yo no podía ser como Juan Pérez. Obvio, me hizo las cosas muy difíciles.

¿No te abrió puertas?

Al revés.

¿Tanto lo odian a tu viejo?

No es por odio.

¿Es prejuicio?

¿Cómo lo explico? Es como te dije: el imaginario de la gente es otro y cuando encuentra alguien que no encaja en el cajoncito que tiene en la cabeza… No me abrió ninguna puerta. Podía ir al palco del Teatro Solís, sí. Llenábamos el palco con mis bailarinas amigas. Ese fue el único beneficio, la entrada al palco del Teatro Solís. En esa época bailaba, porque también tuve mi época de bataclana.

¿Hiciste ballet?

Obvio, con Eduardo Ramírez, mi maestro adorado, que era como un padre.

¿Eras buena?

Me defendía, bailé con él como concertante. Vivía en lo de Eduardo, un tipo increíble, que un día me dijo que yo medía un metro setenta y dos y que teníamos que ser realistas, porque nunca iba a pasar del cuerpo de baile, y que le metiera a las leyes. “Gracias, maestro, tiene razón”, le dije. Toda la vida hice ballet, y dejé de hacerlo cuando Eduardo dejó de dar clases. He tomado clases con todo el mundo, pero para mí el ballet es Eduardo. Bueno, al ballet me mandaron porque era solitaria. Soy alta desde la escuela, me daba contra las paredes, no dominaba el cuerpo, y mi mamá dijo que tenía que mandar a la nena a hacer ballet. Se lo agradezco. Entro a una clase de ballet y me olvido de todo.

¿No desarrollaste otros bailes?

Hice baile contemporáneo y otras cosas. Siempre quise bailar tango, pero nunca pude. Mi padre es un tremendo bailarín de tango y le pedí que me enseñara.

¿Baila tango tu viejo?

¡Pero querido! ¿No has visto a la mejor pareja del Uruguay? Mi vieja baila mejor que mi padre, baila estupendo. Mi madre es milonguera, mal. Yo celebré mi cumpleaños de quince en el viejo Hotel Columbia en la rambla, que en el subsuelo tenía una tanguería, “La Tanguería del Cuarenta”. Todas en mi generación se vestían de blanco para la fiesta de quince, y yo dije que no, que a mí me llevaran Europa, aunque tuvieran que ahorrar por tres años, porque a mí no me iban a gastar toda esa plata en una fiesta. No me interesaba, yo quería viajar y conocer Europa. Y me llevaron a Europa. Demoramos, pero fuimos. Y claro, el día del cumpleaños había que hacer algo, y celebré mi cumpleaños en la tanguería. Me encantan las letras de los tangos. Ahora está toda una cuestión de género extraña, parece que hay que tener cuidado con el tango, pero a mí me encantan. A veces pienso que si quiero que alguien me recuerde que sea a lo tanguero, “y que digan los muchachos que era una buena mujer”. Por esto es que te digo que yo no le voy a cambiar el imaginario a la gente.

Qué interesante todo lo que has hecho. Viajaste mucho, también.

Mucho menos de lo que parece.

¿Qué viaje tenés pendiente?

Miles. Tengo que ir a Machu Picchu, porque ya me estoy poniendo vieja y no lo voy a poder hacer. Muero por ir. Y el otro lugar es Rusia. He viajado menos de lo que parece. Yo viajo con los libros, siempre fue así. Conocía París y Roma antes de ir. A Florencia me llevaron y yo sabía los nombres de las calles sin haberla pisado; te podía decir la distancia entre una plaza y otra. Esto también me lo enseñó mi abuela: siempre viajé con los libros. Para mí viajar es una experiencia, pero el conocimiento está en los libros. Por viajar no vas a transformarte culturalmente, sí vas a ser un ser más rico, porque vivís una experiencia, pero el conocimiento no tiene que ver con el estar. Yo viajo con la cabeza, con la mente.

Ver las cosas en vivo no es lo mismo.

Sin duda. Podés estar quince años leyendo sobre Rembrandt y entendiendo lo que el tipo pintó, pero te quiero ver el día que te parás adelante: se te cae todo, y a mí me pasó con La ronda nocturna en Ámsterdam. Me pasó también con el David de Miguel Ángel a los quince años, y voy a usar otra palabra religiosa: fue una epifanía lo que yo sentí el día que vi ese mármol. Quedé espiritualmente transformada después de que vi eso. Y en La ronda nocturna lo que me pasó es que no podía parar de llorar. Toda mi vida había querido estar frente a ese cuadro. Y lloro todo el tiempo, delante de los cuadros.

¿No llorás cuando ves una película?

En general, no. La última película que me hizo llorar fue Cinema Paradiso, hace mucho tiempo. No, estoy mintiendo: lloré en la parte final de la última película que se hizo sobre Churchill, la que está basada en las cuarenta y ocho horas en que se decide todo en la Segunda Guerra Mundial. Hacía dos años había leído el libro en que está basada esa película, que tuvo como consultor al escritor del libro, y antes de ver la película lo volví a leer. Cuando termina la película ponen la voz de Churchill, con ese imponente discurso de que “Lucharemos en cada calle y lucharemos en las playas”, ahí lloré. Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial salvó la civilización occidental, obviamente con el aporte ruso y el Día D norteamericano. Pero los que aguantaron fueron los ingleses, y ese discurso es potente. Churchill sí que sabía escribir.

En algún momento dijiste que todo se puede educar a través del arte.

Todo, lo que quieras. Es una lástima que no se haga. Se puede educar jugando y se puede educar a través del arte, porque el arte te enseña historia, te enseña matemática. Lo que no aprendí de matemática antes lo aprendí estudiando arte, aprendiendo la regla de oro, el número áureo y la serie de Fibonacci. Tuve que aprender geometría, composición, el modo en que fugan las líneas, y fue gracias al arte. Cuando estudiás las elipsis barrocas tenés que estudiar ecuaciones para poder entenderlas, o al menos para traducirlas, que es lo que yo hago. No soy una profesora recibida, lo que hago es ejercer una pseudodocencia y contar historias, que es lo que me gusta hacer.

Sos cuentera.

Si lo querés decir así… Lo decís vos. Soy contadora de cuentos, y es lo que hago en la radio y en las clases. Leo todo lo difícil y lo convierto en una historia, y dentro de esa historia que es la vida de alguien pongo dos o tres conceptos por cuento. Si tenés la regularidad de ir a las clases o de escucharme en la radio, al año, sin darte cuenta, vas a tener un montón de conceptos claros, conceptos que son complejos y muy aburridos de estudiar en las teorías. Con las teorías la primera que se duerme soy yo.

¿Los alumnos son receptivos en los cursos?

Los hago hace quince años y tengo unos doscientos y pico de alumnos. Y tengo una lista de espera como de trescientos y pico. El que diga que en Uruguay no hay gente a la que le interese el arte está equivocado; hay muchísima gente interesada, lo que no quiere la gente es que la hagan sentir excluida, que le hagan sentir que no sabe y que le hablen en difícil, desde la soberbia de utilizar palabras y textos inentendibles. Lo que yo hago es divulgación, y trato de llegarle a la gente que tiene un interés, que tiene ansias y curiosidad de saber. Tengo bastantes alumnos. La mayoría son gente madura, eso está claro. Y son más mujeres que hombres. Y hay algo increíble: la cantidad de médicos; hay una clase en la que tengo nueve médicos, y no te puedo explicar el nivel de sensibilidad que tienen, y la necesidad de tener ese espacio.

¿Cuántos alumnos son por clase?

Trato de no pasar de cincuenta y pico, porque ya cambia la comunicación y la dinámica y pasa a ser una conferencia. Pero te diría que lo de los médicos hasta me conmueve. La gente va relajada, además. ¿Por qué? Porque yo no pregunto, y porque no hay que leer ni estudiar nada. Mis cursos son una hora y media semanal para que tú tengas un tiempo para ti, para alimentar tu espíritu, para enriquecerte.

Espíritu, otra palabra religiosa.

No la considero religiosa. La gente viene, se sienta y yo hablo. Me gano la vida hablando y escribiendo. Por eso te digo que soy una privilegiada.

No mucha gente lo hace en este país.

Puedo vivir de lo que amo hacer, y resulta que lo que amo hacer no es precisamente un universo en el que eso suceda comúnmente. Me siento profundamente agradecida.

¿Terminaste con los libros infantiles?

Fue una etapa.

¿Lograste la difusión que querías?

Creo que sí, que los libros han tenido una respuesta impresionante a lo largo de los años. Esos libros surgieron porque acá había un vacío, que yo veía en mis hijos. Les empecé a hablar de pintura, y me dije que no podía ser que no hubiera un solo libro de arte para niños en este país. Año 2002, el Uruguay explotaba. Me dijeron que estaba loca de la cabeza. Yo en esa época estaba sin trabajo, estuve como cuatro años sin trabajo y golpeando puertas.

¿Buscabas trabajo como abogada?

De lo que viniera. Me acuerdo de una entrevista en una consultora, cuando se iba a instalar la librería Yenny. Me presenté y no me eligieron.

Habías leído poco.

Esas cosas pasan. Me dijeron que estaba sobrecalificada. Fueron años difíciles, pero siempre me enfoco más en lo positivo.

Sos positiva.

Por naturaleza. Soy como Washington Cataldi: biológicamente optimista. Viene la tormenta y digo que en un ratito va a pasar, porque todo pasa. Así que en 2002 me puse a escribir esos libros, y me dijeron que estaba de la cabeza. La idea la tenía hacía años. Para editarlos, golpeé la puerta en Santillana, en plena crisis; expliqué que no había un solo libro de arte para niños, y que ellos eran los precursores de la literatura infantil, con Roy Berocay, Helen Velando y todos. Y lo editaron, en plena crisis.

¿Cuál fue el primero?

Barradas. Lo llevo acá adentro. Un tipo increíble. Y así salieron los otros. Después mi vida se fue complicando más, y empecé con los cursos que armé al no encontrar una salida laboral. Ahí tengo que romper una lanza por Danilo Arbilla: yo buscaba laburo y no encontraba, y le mandé una carpetita con cosas escritas, y él no lo dudó. Fue el primer trabajo que tuve después de cuatro años sin laburo, donde la pasé muy mal, divorciada y con dos hijos. Me dio laburo, entré en Búsqueda. Lo que fue ese altillo de Búsqueda en esa época. Explotaba. Carlitos Reyes en teatro, Roy en música, Silvana Tanzi en literatura, Alina Dieste en cine, yo en arte y el Chueco Alvariza coordinando.

Qué grupo.

¡Pah!, nos volaba la bata. Fue impresionante. Arbilla fue el que me dio ese laburo, y a raíz de eso me llamó Enrique Mrak. Al Chueco Alvariza tenías que venderle la nota, los jueves en el día de edición. Yo, como siempre, iba con unas notas raras, estrambóticas. Estaban acostumbrados a que arte era: “Andá a la exposición del Subte y hacé la crítica”. Y claro, yo no, yo quería contar cuando se robaron el salero de Cellini. Le vendí al Chueco los cuatrocientos años de la Gioconda, y lo compró. Escribí la nota y me dijo que aquello era una doble página y que escribiera el doble. Fue mi primera doble página en Búsqueda y la tengo enmarcada en mi casa.

Es una condecoración.

“Los cuatrocientos años de la gran dama”, así se llamó la nota. Espectacular, llena de recuadritos. Me llamó Enrique Mrak, que estaba en la tarde con Sarandí, que era espectacular. Fui, y estaba con la nota abierta. Me dijo que quería que hiciera eso en la radio, y le dije que estaba de la cabeza, que el arte era visual, que el arte se ve, y que como máximo se puede ver a través de la palabra. Me dijo que yo lo iba a poder hacer, y que me consiguiera dos auspiciantes. Hace diecisiete años que estoy en la radio. De ahí nos fuimos con Enrique al Centro Cultural de España, en cuya organización estuve al inicio. Ahí todo empezó a germinar. Al complicárseme la vida, todos estos proyectos de cero peso —hechos en verano en las vacaciones— se empezaron a espaciar. Pero los concreté, por lo pronto los cinco libros que yo quería, los tres clásicos, una mujer y Blanes. Me han dado muchas satisfacciones. He recorrido todas las escuelas, he conocido barrios que no conocía, como Bola de Nieve. Fue dificilísimo llegar, no me olvido más. Iba escuchando la radio, fue el día en que Darwin Desbocatti se fue de Sarandí. He tenido una vida rica en cincuenta y tres años. Tengo que tener cuidado cuando digo mi edad porque siempre me agrego años.

¿Qué leés ahora?

En este momento estoy leyendo la última biografía de Leonardo Da Vinci, la de Isaacson. Son cosas del oficio que tengo que leer, porque la gente me pregunta y tengo doscientas personas a las que responder.

“Me debo a mi público”, se llama eso.

No, es responsabilidad profesional. Estoy leyendo uno de Todorov sobre los interiores domésticos barrocos holandeses en el siglo XVII, espectacular. Ese es el libro que elijo leer. Tengo que leer también novelas históricas, que me encantan. Las bien escritas. Ahora tengo que leer la última de Pérez Reverte, sobre Picasso y la historia del Guernica. Por otro lado, me encanta la novela policial, nórdica. Ahora están de moda, todo el mundo lee a los suecos, después de Wallander en la televisión. Se ponen de moda, y está bueno, porque son buenos. Leo a los suecos y a los noruegos hace no sé cuánto, con aquellos dos autores, Majo Sjowal y Per Wahloo, que son de la época en que ni había celular. Los leí hace diez años o mucho más, porque son de la década del setenta. Compro mucho por internet. Leo mucha novela francesa policial también. Los franceses tienen escritores de novela policial fantásticos.

Esos los leés en francés.

Todos los clásicos los leí en francés, desde Proust, que lo tengo todo en edición de bolsillo, los catorce tomos. Me leí todo el Marqués de Sade en francés. Es el modo de aprender el idioma. Después tengo el italiano, que lo aprendí por los libros de arte. Hablo italiano, no como el inglés, pero lo aprendí leyendo, sola.

Lo aprendiste en los almuerzos del domingo.

No, porque en casa no se habla italiano.

¿Qué clase de familia tana son?

Hablamos español, somos uruguayos, che.

¿Cómo ves la cultura uruguaya en este momento? Al pasar dijiste algo de la corrección política, en cuanto a las letras de los tangos. No pasa solamente en los tangos.

Pasa en todo. Culturalmente el Uruguay está en serios problemas, pero también lo está el mundo. Lo que pasa acá no es un fenómeno particular del Uruguay, forma parte de un nivel de deterioro, cambio y transformación cultural que hay en el mundo. Ha cambiado el modo del acercamiento al conocimiento. Hoy al conocimiento no se accede como accedía yo, a través de los libros. La calidad del conocimiento es otra. Las corporaciones han ganado, como la corporación universitaria. Hoy tenés que tener un título. Primero había que ser bachiller, después tener el título de grado, y ahora hay que tener máster y PhD. Todo está muy raro. Hay profesiones que han desaparecido, como la crítica literaria y de arte.

Di Maggio vive y lucha y escribe en Voces.

Di Maggio es el último bastión que nos queda. Estuve en el comité organizador de la medalla que le dimos hace unos años.

Me acuerdo, con Adela Dubra.

Claro, fuimos Adela y yo. Después llamamos a un montón de gente. No podía ser que nadie le reconociera nada. Es el último bastión que queda. La situación está complicada, y el Uruguay también. Socialmente está más complicado.

El conocimiento está disponible como nunca jamás lo estuvo, y sin embargo estamos en problemas en el tema cultura.

Creo que porque es tal el exceso y la cantidad de oferta y posibilidades, que todo queda en la superficie. Ya no hay conocimiento en vertical; ahora todo el conocimiento es horizontal, y se acabó la profundidad: todo el mundo quiere una nota de quinientos caracteres, y no me llegues a ochocientos porque el lector se aburre. Te dicen que el límite de atención son veinte minutos. Muchachos, si a mí no me pueden escuchar una hora entonces rajen de acá. Mis clases duran una hora y media, y a veces me corro un poquitito más. Es la sociedad el problema, y en consecuencia la cultura está en problemas. Tampoco se toman medidas que se podrían tomar. Hay que formar a las maestras.

Está el mito de que la escuela uruguaya sigue siendo una gran reserva.

Vive el mismo deterioro que vive toda la sociedad uruguaya, igual que los colegios privados y todo. Es así. Es la sociedad. No hay compartimentos estancos.

¿Cómo se modifica eso?

Ahí te tengo que decir que no sé. Es una cuestión que la tienen que resolver los políticos y que tiene que afrontarse a partir de políticas de Estado. Va por ahí.

¿Es tan difícil ponerse de acuerdo en cuestiones básicas en un país como el nuestro, donde somos tan pocos y nos conocemos todos?

Es difícil.

Hay un tema de cambio cultural fuerte.

Lo hay en el mundo, y a su vez lo tenés aquí. No somos una isla. Ahora bien, acá pasa a nuestra manera. Diagnósticos tenemos miles, el tema son las acciones. Como te digo, mi universo no pasa por ahí. Yo sí puedo sentir que hay un eje que se debe atacar, que es la formación de los maestros. La edificación del maestro y del profesor, y sobre todo la formación en otras áreas que no son las clásicas.

En la medida en que hoy hay acceso a toda la información los roles docentes cambian.

Absolutamente.

El rol debe ser de estimulador para que los gurises descubran el conocimiento.

Es así. Vos vas a las escuelas y a los cinco minutos sabés si la maestra labura o no, si encontrás a los chiquilines estimulados o no. Inmediatamente lo ves, y no son los chiquilines sino el docente. Hay mucho que hacer, y para mí es a partir de ahí, de las semillas.

¿Educaste a tus hijos en eso?

Absolutamente. Siempre me joden y me dicen que… ¡Ay!, ya dije “joden”. Bueno, es una palabra livianita.

Es aceptable. Decís cosas peores en el Estadio.

Sí, pero ya no voy.

Yo tampoco, pero me imagino que las habrás dicho.

¿Ves? Ahí tenés un cambio cultural. Vi a Peñarol en la Ámsterdam con Nacional al lado y no pasaba nada. En fin… ¿En qué estaba? En mis hijos. Siempre me joden. Ahora voy a decir otra grosería, pero esto es familiar. De repente viene Eugenia y, por ejemplo, me comenta que se vendió un cuadro de Hopper en Christie’s a no sé cuánto, y entonces le pregunto si sabe quién es y, si me responde bien, automáticamente le hago una pregunta más difícil. Les pregunto qué plaza es, qué cuadro o qué música cuando aparece en la tele. ¡Beethoven! ¡Sí! ¿Pero qué sinfonía? Todo el tiempo me joden con la dichosa pregunta. Y empecé con eso desde que nacieron. Ya es una institución, también entre los amigos de mis hijos. Sobre todo, entre las amigas de Euge, con las que soy muy compinche. Apenas dicen algo me miran y ya están esperando la pregunta. A veces estoy en otra, en el sillón, y pasa algo y me miran, esperando la pregunta.

¿Te lo hacían en tu casa tus padres? Es maldad tuya, un invento tuyo.

No, no me lo hacían, pero lo que han aprendido no está escrito. Siempre es un poquito más, siempre. Y siempre tiene que ser así, porque el día que se conformen, fueron. Ellos me dicen que no los joda, que ellos están por encima de la media. Les digo que no me importa, que no se trata de eso, sino que se trata de que tu vida sea más rica, de que seas un ser más pensante y que crezcas cada día más. El día que te conformes con que resulta que estás por encima de la media, ahí es que empezás a perder el partido, el día que te la creíste. A Peñarol le pasa eso.

¿Examen por rendir que tengas pendiente?

Todo el tiempo tengo exámenes.

Pero ahora, a corto plazo. ¿Qué querés hacer? ¿Adónde vas? ¿O vas a seguir currando con esto, dándoles clases a los viejos?

No llames curro a una vocación. Tengo un libro que está medio escrito, sobre historias de pintores, esculturas y pinturas famosas, donde tomo una anécdota y cuento la historia en tres mil caracteres. Tengo la mitad, pero no tengo tiempo. Es difícil, se me ha complicado ahora que empecé a hacer los viajes con la gente de los cursos, que me lleva mucho tiempo prepararlos. Hasta ahora fuimos a Italia, España, Francia. Este año hicimos el triángulo imperial, Praga, Viena y Budapest. Empiezo a hablar a las nueve de la mañana con el micrófono y paro a las cinco de la tarde. Vamos a los museos, hablo delante de los cuadros, vamos a las plazas y cuento las historias.

¿De cuántas personas son los grupos?

Normalmente intento acotarlo en treinta y cinco. Este año fue un desbunde, terminamos en cuarenta y pico.

¿Cuánto tiempo duran los viajes? 

Catorce, quince días. Llego muerta, no me tengo en pie. Pero es una satisfacción.

El cansancio después de haber hecho lo que te gusta.

Es una satisfacción incomparable. El libro lo tenía por la mitad cuando empecé el primer viaje en 2015, que lo hice para celebrar los diez años de los cursos. Siempre me pedían viajar y yo decía que no, y a los diez años dije que sí y no paré. Para el viaje del año que viene presentamos la carpeta hace ocho días y ya hay treinta y un inscriptos. Es todo cultural, y no hay horas libres para ir a Zara a comprar. A las nueve de la mañana estamos en la puerta del museo y paramos a las seis de la tarde.

Saliste botona.

Horrible. Es la única manera, querido.

¿La gentete  sigue varios años?

Está lo que yo llamo “el núcleo duro”, que son unos cuantos que han hecho los cinco viajes. Preparar un viaje me lleva un año. Armo todo: el itinerario, los paseos, las obras que se ven en los museos, los hoteles en que nos quedamos, y hasta los lugares donde se almuerza o se cena, porque si incluyo una cena tiene que ser en un lugar artístico o histórico, con un contenido. Pero quiero terminar y publicar ese libro.

¿Tenés editorial?

Tengo. Antes era Santillana, pero con esto de que las multinacionales se comen unas a otras un día me desperté y no era más Santillana sino Random House.

Sos buena escribiendo.

Yo qué sé. No sé si soy buena. Me gusta escribir, y me siento honrada de que la gente me lea. Como te dije al principio, yo aprendí a cuidar la palabra, no solo la oral sino la escrita, que para mí vale mucho. Si yo escribo algo, para mí tiene un valor, y si digo algo también, pero sobre todo me pasa con la palabra escrita, y por eso tengo un culto al libro. No puedo leer en esos aparatos raros que se usan ahora. Quiero el libro. Gasto una fortuna en libros.

Los libros de arte son caros.

Carísimos. Tengo que estar profesionalmente actualizada en todo, pero además quiero tener el libro, preciso verlo y sentirlo.

Tenés una biblioteca grande.

¡Uy, sí!, es todo un tema.

¿Dónde vivís ahora?

En Ponce y Charrúa, cerquita de la Plaza Varela. Sí, el problema de los libros es dónde meterlos.

¿Compartís el arte con Nero?

Sí, él dibuja, va al taller de Hogue. Le gusta muchísimo el arte y la pasamos bárbaro. Claro que mis excursiones a los museos a veces son un poco intensas, pobre, pero bueno, qué le vamos a hacer.

¿Fuiste a ver lo de Uribe?

No fui, voy a ver si voy esta semana. Con las clases se me complica mucho.

¿Cuántas clases por semana tenés?

Cinco.

Todos los días.

No, no todos los días. Hay días que tengo doble horario, de tarde y de noche, con públicos bien distintos, y quedo agotada. A los días que tengo dos clases Eugenia los llama “la doble función”. Yo le pongo una cosa teatral. Después doy conferencias, charlas, y está la radio. El blog lo tengo un poco abandonado. Como proyectos además del libro tengo la idea de la televisión, pero no por mí sino porque creo que la televisión tiene una deuda muy grande con la cultura nacional. Enorme. Hoy el instrumento es el audiovisual. Yo soy de otro mundo, y déjenme en paz con mis libros, pero yo tengo que reconocer que el mundo hoy es otro. Lo que yo quiero para mí no lo puedo querer para las nuevas generaciones, sería ridículo. La televisión es un instrumento con mucho poder, y me resisto al modo en que se usa. Me duele. La televisión tiene una deuda con la cultura. La cultura no es aburrida, el arte no es aburrido. Desde la década del cincuenta cuando Kenneth Clark hizo Civilisation —o cuando Carl Sagan hizo Cosmos, cuando John Berger hizo Ways of seeing, cuando Simon Schama hizo The power of art— quedó demostrado que eso en el mundo funciona. ¿Por qué acá estamos instalados en esto otro? A mí me aterra. Soy de las que mira tele abierta a propósito, porque me interesa saber qué es lo que están haciendo. Es más, miro las tandas y después le escribo e Pipe Stein. Las miro para saber qué es lo que le están vendiendo a la gente, y cómo. Hoy el mundo es imágenes, y si vos no enseñas arte en las escuelas, entonces nunca vas a enseñar a ver. Todo el mundo mira, todos miramos —para mirar basta con tener ojos—, pero para ver hay que hacer un proceso mental, sináptico y de análisis totalmente distinto. Así es que compran cualquier cosa, y así es que la gente está en el estado en que está. Hay una responsabilidad muy grande cuando un instrumento tiene tanta fuerza. Y eso de que “es lo que la gente quiere” no es así. Te puedo asegurar que si a un producto bien hecho —con buen contenido, moderno, actual, innovador y original— le das el tiempo necesario, la gente lo va a elegir. Y tampoco se precisan millones. Llevo años y años con esa idea, y en algún momento será.

Alfredo Garcia Nació en Montevideo el 9 de agosto de 1954. Es Licenciado en Historia por la Universidad de Estocolmo, Suecia; que fue su lugar de residencia entre 1975 y 1983. Hizo un postgrado en Marketing y realizó los cursos del Master de Marketing en la Universidad Católica de Montevideo. Trabajó durante veinte años en la industria farmacéutica en el área privada. Su labor como periodista comenzó en los semanarios Opinar y Opción a principios de los ochenta. Participó en 1984 en el periódico Cinco Días clausurado por la dictadura. Miembro del grupo fundador del diario La Hora, integró luego el staff de los semanarios Las Bases y Mate Amargo. Escribió también en las revistas Mediomundo y Latitud 3035. Es el impulsor y Redactor Responsable del Semanario Voces. Publicó el libro Voces junto con Jorge Lauro en el año 2006 y el libro PEPE Coloquios en el año 2009, ambos editados por Fin de Siglo.