Home Política El descrédito en los tiempos de las nuevas tecnologías de la comunicación. por Daniel Radio
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El descrédito en los tiempos de las nuevas tecnologías de la comunicación. por Daniel Radio

El descrédito en los tiempos de las nuevas tecnologías de la comunicación. por Daniel Radio
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Y los fachos.

Ahora resulta que, el mal manejo de algunas tarjetas corporativas del BROU en la década de los ’90, que desde hace unos cuantos meses estaba en conocimiento de algunos legisladores oficialistas, fue repentinamente puesto encima de la mesa en un intento por compensar el costo político de los pedidos de procesamiento del ex vicepresidente Raúl Sendic y de otros ex jerarcas de ANCAP, por parte del fiscal Dr. Luis Pacheco.

Respecto a la eventual identificación de conductas delictivas: unas ya han prescripto, y otras, por azar de la coincidencia de un período de transición entre dos códigos, no habrán de determinar penas de prisión. Y eso provoca una entendible indignación por parte de la ciudadanía, y además, exacerba el griterío en la tribuna de los sedientos de morbo, que viven reclamando sangre.

Está claro que este es un mundo más transparente. Y por eso es que ahora sabemos más acerca de estos manejos inadecuados. Muy improbablemente estemos hablando de conductas inéditas. Pero ahora, afortunadamente, la gente se puede enterar. Y no me estoy refiriendo exclusiva ni preponderantemente a aquellas circunstancias evidentes que han llegado a determinar pedidos de procesamiento.

Cuando uno lee atentamente el pedido de procesamiento fiscal, se queda con toda la impresión de que, lo menos grave allí descrito, es aquello que, a criterio del señor fiscal, constituiría delitos. Ni el propio fiscal, Dr. Luis Pacheco, ahorra calificativos para otras conductas y situaciones, que aunque, en su criterio, no han configurado delito, no dejan de ser mucho más escandalosas.

Escudos culturales, políticos y jurídicos

Ya hace un buen rato que estábamos advertidos contra la existencia de un sistema de impunidad que había logrado generar escudos culturales, políticos o jurídicos, y que parecía hacer invulnerables aquellas conductas desaprensivas para con el manejo de las instituciones y de los recursos públicos. La opinión pública también aportó su granito de arena a la cultura de la impunidad, toda vez que elevó a la categoría de semidioses a quienes en la historia reciente han demostrado el mayor desprecio hacia nuestras instituciones.

Por otra parte, todos pueden recordar, la energía que pusimos, en particular, para advertir contra los riesgos que implicaba la perpetuación de la mayoría legislativa absoluta. Una mayoría que los protagonistas reclamaron y que la ciudadanía concedió de manera reiterada en las urnas. Y que, por lo tanto, es legítima.

Pero supongo que a esta altura de los acontecimientos, donde nadie tiene razonablemente chance de alcanzarla, casi todos estarán dispuestos a reconocer que fue políticamente inconveniente. Inconveniente hasta para la propia fuerza política de gobierno. El exceso de votos, paradójicamente, les hizo daño. Los envalentonó. Les provocó un regocijo desenfrenado en el uso y en el abuso del poder.

Si la gente les perdonaba todo, y si además tenían mayorías legislativas como para evitar que nadie anduviera escudriñando… ¿por qué no continuar con los negocios turbios con Venezuela? ¿Por qué no seguir colocando militantes en la administración si los podemos pasar como “gasto social” y ese discursito sigue rindiendo? ¿Por qué no beneficiar a algunos amigos si podemos utilizar empresas que funcionan con plata del pueblo pero en el derecho privado? ¿Por qué no mentir si nos creen todo? Igual siempre queda el recurso de comparar con la crisis del 2002 y de apelar a la memoria y de asustar con el cuco.

Pues bien, tanto jugaron al borde del reglamento que algunas cosas cayeron en el terreno de lo delictivo. Y aquellos que se sentían los campeones de la moral, los que se ofrecían como distintos (porque podían meter la pata pero no la mano) resultaron ser tan o más vulnerables a las tentaciones como todos los demás pobres mortales.

¿Son todos iguales?

Y entonces, cambiaron de estrategia: no solo ya no pretendieron ser distintos, sino que se empeñaron en demostrar que los otros son iguales de chanchos. Y si alguno está limpio, habrá quien se encargue de difamar mientras seguimos buscando. Seguramente, algo le vamos a encontrar.

Y desde entonces, revuelven el desván en busca de recortes viejos, de las cosas malas de la vieja política que siempre condenamos.

Y dosifican convenientemente la información, para poder seguir amortiguando los costos políticos, y asustando con el regreso a los ’90 y con comer pasto (a la mejor usanza pachequista, de que te iban a sacar los hijos y te los iban a llevar para Rusia).

Parece que cualquier recurso es válido con tal de no desprenderse del poder. Aquel enunciado de que, en democracia, la alternancia de los partidos en el gobierno, no solo es posible sino saludable, está muy bien para enarbolarlo como un concepto teórico cuando son otros los que gobiernan. Pero si son los nuestros quienes lo ejercen, entonces la máxima será “después de mí, el diluvio”.

Y si los compañeros de ruta la macanean, al punto de debilitar la credibilidad de las instituciones, si abusan inescrupulosamente de nuestra lealtad y nos dejan atrapados entre los llamados a la unidad de acción y la vociferación de consignas huecas pero rendidoras, en ese caso, convendrá cerrar los ojos y victimizarse acusando a quienes nos quieran dejar en evidencia. Ah! y salpicar lo más posible, que además, siempre tendremos nuestro cortejo de incondicionales dispuestos a sofocar las indignidades propias bajo la presión del bullicio.

Y la consecuencia lógica es que la idea cunda: “son todos iguales”, repetirán a coro desde las redes sociales, aquellos que miran desde la distancia, como quien nunca tuvo la oportunidad de conocer de cerca a dos personas chinas.

Es esperable que así sea. Ante la estrategia de igualar para abajo (blindada por años de hegemonía cultural de aquellos que ostentan el verdadero poder, que es hacer que los demás razonen como ellos quieren, una hegemonía cultural apoyada en un sistema educativo decadente, que por algo se niegan a cambiar) demasiada gente, honestamente, cae en la trampa de meter a todos en la misma bolsa.

“Son todos iguales” repetirán, unos lo suficientemente hastiados por la seguidilla de irregularidades y delitos, otros lo bastante perezosos como para esforzarse y realizar diagnósticos diferenciales. “Son todos iguales”, repetirán provocando el regocijo de quienes, en las sombras, aguardan esperanzados el retorno de un régimen no democrático.

Neo nada. Clásicos pero pretensiosos.

Pero también hay otros, no necesariamente relacionados con el oficialismo, que hacen lo propio. De mala leche. Porque es de mala persona, saber y mentir a sabiendas. Postular que todo es un cambalache. Despreciar los esfuerzos sanos por testimoniar cosas distintas. Acusar a los demás de pactos inexistentes. Suponer suciedades compartidas. Sembrar dudas. Pontificar desde la sabiduría incuestionable de quien se siente superior al común de los mortales.

La virtualidad al palo.

Están los especializados en el twitteo descalificador. Entes, presumiblemente humanos que, de tanto habitar en el mundo de las redes, creen que es allí donde se definen las características habilitantes para el desempeño en la sociedad. Y confunden su participación en las redes, con tener una actitud republicana. Uno se pregunta si alguna vez sacan la cabeza del termo.

Creen que alguien es buen ciudadano, si y solo si, maneja los códigos de las redes. Descalifican y enjuician todo el tiempo a quienes no piensan como ellos. Pero jamás bloquean ni borran un posteo. Y por supuesto, denuncian a los que lo hacen. “Retiro lo dicho” pasó de ser un reconocimiento caballeresco de haberse equivocado, a ser un gesto de cobardía, en la lectura de quienes nunca se equivocan.

Impolutos de la virtualidad, creen cumplir con creces su cuota de respeto por la otredad, obviamente también virtual.

Y agreden con saña, generalmente sin utilizar términos soeces. Aunque algunos también insultan, con el pretexto de que “te pagamos el sueldo”. Todos aquellos que alguna vez tuvimos empleadores que creían que por pagar un jornal, se ganaban el derecho al agravio, desde la distancia les podemos recordar como unos pobres tipos, con un destino tan terrenal como cualquier hijo de vecino.

Lo cierto es que, con estas premisas, se sienten habilitados para pontificar desde twitter, o algunos otros desde la prensa o desde cualquier otra red social.

Pautan la agenda del debate público (como antes lo hicieron los recalentados de comité) y predican con soberbia la supremacía moral de quienes no tienen por qué hacerse cargo de la responsabilidad que implica compartir una trayectoria política, sostenerla en el tiempo, y con ello contribuir a sostener un régimen político democrático.

Un régimen democrático que no es la consecuencia obligada de las leyes de la naturaleza sino, tan solo una posibilidad. Muy frágil por cierto.

Los fachos

Y coincidentes o no con éstos, pero al acecho, han florecido los fachos. Ideológicamente fachos. Ni buenas ni malas personas. De derecha y de izquierda. Fachos.

Convencidos de que el respeto a las instituciones, a la independencia del Poder Judicial, o a la voluntad popular es, antes que nada, caro e ineficiente. Todo eso constituye una patraña circunstancial, tolerable hasta la llegada de nuevos amaneceres de esplendor, despojados de estas entidades espurias denominadas políticos.

Hay algunos disfrazados de liberales, pero indispuestos para tolerar la libertad ajena. Y hay otros empeñados en demostrar que enfrentan al neoliberalismo o a las estructuras sociales arcaicas (ansiosos por generar nuevas elites en una estructura de poder alternativa, por supuesto que no menos inequitativa)

Todos con el denominador común del desamor, la descalificación de otras perspectivas de pensamiento y el desprecio por la gente común. La que no “participa”. La que no se organiza. La que no twittea. La que no ha leído ni a John Stuart Mills ni a Antonio Gramsci. La que no va a las marchas. La que no elige meterse en cada reunión que le salga al paso.

Fachos. Unos que presumen de “nunca más dictadura” pero se les cae la baba con el verde olivo de otros países, y se alborozan y ambicionan la prepotencia de Maduro.

Otros burlándose de los procesos culturales, y de construcciones sociales que fácilmente califican de retrógradas, mientras nos explican desde el atalaya de su inteligencia, cual si se tratara de una raza superior, lo muy imbéciles que somos, aquellos que todavía queremos creer, que no hay camino, sino estelas en la mar.

Todos ellos, conocedores de la receta mágica, dibujándonos, a partir de las más diversas anécdotas, cuánto mejor sería la vida si viviéramos en el mundo que les prometieron en el manual que consagra sus anhelos insatisfechos. Más o menos disfrazados de objetividad y siempre despectivos de las miradas ideológicas ajenas.

Guiados por la razón hasta el extremo de ser implacables con el titubeo o con el error liso y llano, serían capaces de hacer avergonzar al propio José Benedicto Augusto de Austria.

Son fachos en serio. Y no es un término utilizado despectivamente. Unos que creen que, el error de haber respaldado los comunicados 4 y 7 de los militares golpistas, es que eran de derecha. Si no, hubiera estado bien apoyarlos. En Uruguay o en Argentina.

Otros, que en el fondo de su alma, añoran el ruido de los sables.

La razón por la que no van a golpear a los cuarteles es, en algunos casos, porque aquí a los militares aún les dura el descrédito, y en otros casos, porque Caracas les queda lejos.

Responsabilidad y autocrítica

Pero hemos de saber que los fachos, solo han crecido en sus expectativas por responsabilidad nuestra.

Porque aquellos otros que todavía creen, en esto tan frágil que es levantarse cada mañana a sostener una construcción improbable, un mundo democrático, aquellos que se sienten corresponsables de la redacción de un relato republicano permanentemente inacabado, se deben una profunda autocrítica.

Además de revisar nuestras conductas, además de hacernos cargo de nuestras imperfecciones, más o menos groseras, además de dejar de excusarnos por nuestras equivocaciones inexcusables, además de corregir, además de hacer todo lo posible y más aún, si es necesario, para mejorar nuestra comprensión de la realidad y nuestra capacidad de ser más auténticamente representantes; además, es necesario detener la autofagia.

Hay que parar un momento y volver a reflexionar acerca de lo esencial. Volver a mirar el horizonte. Recordar cuáles son las razones de fondo por las que abrazamos la política. Y tratar de averiguar, qué artefacto de técnica fue el que nos introdujo en esta vorágine suicida.

No todo vale por un puñado de votos o por un poco de prestigio. Es posible que no todos lo comprendan, pero eso es pan para hoy y hambre para mañana. Y la fama, es puro cuento.

No todo vale. Algunos socios no son deseables, aunque sean los portadores del cuerno de la abundancia porque, en algún momento, si no lo han hecho ya, irrespetarán cualquier componenda. Y nos arrastrarán al abismo.

Y el que se la crea, el que suponga que le será fácil sobreponerse a las ostentaciones de omnipotencia, el que pretenda que le pertenece algo del poder que le han prestado quienes en el fondo de su alma desprecian la democracia, o aquel que piense que puede disimular las agachaditas para sacar ventaja, el que no lo entienda, debe ir sabiendo que también, más temprano que tarde, pagará una prenda. Y nos la hará pagar a todos.

 

 

Semanario Voces Simplemente Voces. Nos interesa el debate de ideas. Ser capaces de generar nuevas líneas de pensamiento para perfeccionar la democracia uruguaya. Somos intransigentes defensores de la libertad de expresión y opinión. No tememos la lucha ideológica, por el contrario nos motiva a aprender más, a estudiar más y a no considerarnos dueños de la verdad.