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Cárcel de salud

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Carlos Gorostiza (1920-2016) tenía setenta años cuando se estrenó Aeroplanos. Su trabajo ha sido clave en el teatro argentino desde que, en 1949, se estrenara El puente, su primera obra teatral. Néstor Tirri (en Realismo y teatro argentino) destaca dos aspectos de esa ópera prima que serán de particular relevancia en el teatro porteño de los sesenta: el reflejar el cambio social que significó el peronismo, traduciendo al teatro el surgimiento de la “clase” media; y por otro lado “un sensible acceso a formas y procedimientos que responden a una tendencia estética: el naturalismo”. Esa combinación de un lenguaje que parecía más “verdadero” que el lenguaje teatral anterior y la aparición de un sector social que se ve representado a sí mismo en el escenario fue un impacto que apuntaló a Gorostiza como un dramaturgo que abría una nueva época. Ya en los sesenta, continúa Tirri: “ese lenguaje al que Gorostiza hace lugar, se institucionaliza (…) las formas que en 1949 habían hecho su irrupción como ‘verdaderas’, ahora se habían vuelto ‘verosímiles’”.

Pero los autores de los sesenta socavan esa verosimilitud institucionalizada para generar un nuevo lenguaje de “verdad” a la vez que continúan la trayectoria de aquella clase media que Gorostiza había puesto sobre las tablas. “Así, el ciclo de dramaturgos realistas argentinos del sesenta verosimiliza al joven de clase media que, en el paso a la madurez, se resiste a asumir la responsabilidad de adulto porque ello implica reconocerse un mediocre vencido” agrega Tirri, añadiendo que los sesenta, entre Frondizi y Onganía, son para los argentinos de clase media que había parido el peronismo un espacio de frustración o conformismo: “Lo que es innegable, desde el punto de vista de las condiciones políticas, es que toda visión artística prospectiva de una transformación habría resultado caprichosa y hasta ingenua, a menos que el creador hubiese permanecido al margen de la realidad vigente: la frustración, para los argentinos, era un hecho reiterativo”.

Gorostiza también participa de esa renovación del camino que él mismo había abierto, y los muchachos hijos de obreros y comerciantes que aparecían en El puente: “serán los desorientados jóvenes de clase media de diez años más tarde, los mismos que (frustrados algunos, enceguecidos por el status otros, perdidos en una absurda lucha cotidiana todos, reaparecerán en la escena con otros nombres (…) como el Federico y Paco de ¿A qué jugamos? (1968)”. Federico y Paco tuvieron intereses artísticos, por el cine uno y la pintura el otro, y educados bajo el peronismo esperaron el desarrollo de un país floreciente pero “se demoraron con los vicios de la clase media” y terminaron dedicándose a la publicidad. Ya en 1970 Gorostiza cambia de coordenadas estéticas con El lugar, encerrando a personajes en un espacio hermético aparentemente sin salida en clave de “absurdo”.

Cuarenta años después que El puente y veinte años después que ¿A qué jugamos? Se estrena Aeroplanos. Aquella clase media que emergía a fines del cuarenta está jubilada finalizando los ochenta. Los sueños de juventud, de convertirse en futbolistas profesionales en este caso, quedaron de lado, y la vida de pequeño comerciante o de empleado público ha consumido a aquellos soñadores, también ocupados en la construcción de una familia. En el ocaso de sus vidas Francisco y Cristóbal parecen querer librarse de algunas cadenas y el vals El aeroplano, que suena en varios pasajes de la obra, es un símbolo que representa sus deseos. ¿Pero qué es lo que los tiene encadenados?: la salud. Francisco, y más que nada su familia, esperan los resultados de unos análisis que pueden diagnosticar una enfermedad terminal. Cristóbal parece condenado a terminar sus días en una “casa de salud”, valga el eufemismo. La muerte es una experiencia cercana, que de hecho se ha llevado a sus compañeras, pero mantenerla alejada parece ser un castigo, cuando quizá de lo que se trata es de vivir esos últimos momentos plenamente. Si continuáramos el análisis de Tirri, tendríamos que recordar que esta obra es escrita después de una feroz dictadura que dejó decenas de miles de desaparecidos (El lugar podría ser casi una premonición) y al comienzo del gobierno de Menem, quien sucede a un Alfonsín agobiado por crisis económica e institucional, un Alfonsín del que Gorostiza fue Secretario de Cultura. Las esperanzas de la clase media del cuarenta que representan Francisco y Cristóbal han quedado sepultadas.

 

“La muerte no existe”

“La muere no existe, lo único que existe es la vida” le dice uno de los personajes al otro, hay una cierta búsqueda existencial en los personajes, un refugiarse en la búsqueda del sentido de la existencia, pero también hay una culpa, en particular Cristóbal saca a luz historias personales que ya no puede expiar. Sin embargo, ya centrándonos en la historia singular y obviando la proyección de estos personajes como representantes de un sector social concreto, lo que los sostiene es el vínculo entre ambos, la amistad. Y esa amistad, que se sostiene en el recuerdo cómplice de vivencias de juventud, parece no querer resignarse a durar esperando la muerte. El aeroplano pasa de significar un momento concreto de su juventud a convertirse en un norte del que aferrarse para soñar y no resignarse a esperar la muerte o encerrados entre controles médicos o casi exiliados en un geriátrico.

Eduardo Cervieri no es un director que haga teatro gratuitamente, solo recordar el rescate que en 2005 hiciera del artista plástico Raúl Javier Cabrera en la obra Cabrerita, notablemente interpretada por Carlos Rodríguez, sirve de ejemplo de cómo hace un teatro que cuestiona las prácticas de la sociedad contemporánea. De alguna manera ese parece ser el sentido desde el que se puede interpretar Aeroplanos hecha en Montevideo en esta época, el hurgar en cómo las nuevas generaciones se hacen cargo de la de sus padres. Por otro lado la edad de Pepe Vázquez y Julio Calcagno coincide con la de los personajes, las dificultades físicas de los personajes, en algunos casos, no necesitan ser “actuadas”. En ese sentido la obra genera una sensación similar a la que generaba la versión de El viento entre los álamos que se reestrenara en la Alianza, cuando tanto Pepe como Calcagno habían dejado la comedia Nacional. Mario Ferreira, director de la obra, recordaba que en esa versión Julio Calcagno y Pepe Vázquez (junto a Jorge Bolani) ya eran actores grandes y que por ende: “la obra emanaba otra cosa, llegaban las particularidades de ese momento de la vida con otra intensidad, con otra sensibilidad, se mantenía el humor pero se entremezclaba un poco también con la tristeza”. Lo mismo sucede en Aeroplanos. La enorme capacidad histriónica de Calcagno y el carisma de Pepe Vázquez son puestos a jugar para contar un anecdotario picaresco, en que, gracias a la adaptación, emergen situaciones y anécdotas del Montevideo de los sesenta y setenta que divierten, pero que a la vez entristecen, ante el presente de los personajes. Y si bien la realidad concreta de los actores ante las dificultades físicas no es la de los personajes, el que estas dificultades estén materialmente en el escenario a partir del cuerpo de los actores potencia el cuestionamiento que la obra hace a la sociedad que condena a sus mayores a estar encerrados, sea en una “casa de salud”, sea en su propia casa.

Es un placer ver actuar a Calcagno y Vázquez, que en tanto actores están en plenitud, y más disfrutable es saber que siguen actuando por el placer que les genera, porque se siguen realizando sobre el escenario. Y que ese placer les sirva para cuestionar a la sociedad sobre como trata a otros seres, amputándoles esa posibilidad de seguir realizándose, es una razón más que suficiente para recomendar ir a ver Aeroplanos.

 

Aeroplanos. Autor: Carlos Gorostiza. Dirección: Eduardo Cervieri. Elenco: Julio Calcagno y Pepe Vázquez.

 

Funciones: jueves y viernes 21:00. Teatro Alianza (Paraguay 1217)

Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.