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¿Adónde quedaron los cachorros de Sandino” por Ruben Montedónico

¿Adónde quedaron los cachorros de Sandino”  por Ruben Montedónico
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En el pasado se cantaba con entusiasmo el Himno Sandinista afirmando “es nuestro el porvenir”, según lo escribió el músico-poeta Carlos Mejía Godoy, al aludir a su patria libre del heredero yugo dictatorial, augurando al pueblo que transitarían “ríos de leche y miel”. Eran años de creatividad popular, sacrificados sandinistas y seres de todas latitudes que llegaban para acompañar la acción de los que habían emprendido la lucha armada en 1961, la resistencia y como insurgentes triunfantes empezaban con la alfabetización a recorrer una vía revolucionaria.

Se ensayaban cosas en ese rumbo que a veces resultaban bien y otras no tanto, pero se intentaba. Recuerdo a mi hermano de la vida Danilo Aguirre en El Nuevo Diario exponiendo que los cambios radicales en las sociedades eran atacados por los desplazados y debieron confirmarse militarmente: hablaba de las revoluciones Francesa, Rusa y Cubana, acechada entonces y ahora.

La vida transcurría en una tierra de poetas herederos de Darío y de sacrificados héroes, del coraje de un Rigoberto López Pérez, defendida por “los cachorros de Sandino”, sin ocultar a traidores del tipo Edén Pastora.

Los años 80 estaban repletos de manos amigas y brazos solidarios de quienes arribaban armados con deseos de contribuir, aunque no faltaban oportunistas que ilusionaban con resultados prodigiosos, que proponían secar el lago de Managua para plantar algodón u otros que con esfuerzos y cemento adecuaban Punta Huete para una fuerza aérea con Mig-21, supuestos a llegar casi de regalo.

Por algún lado lo que era “la revolución en vivo” para generaciones posteriores al 45, situadas en medio de la guerra fría, tomó rutas que apartaron las intenciones iniciales de los deseos prometidos a las mayorías ancestralmente postergadas. No deben considerarse sólo los hostigamientos y las agresiones de la Casa Blanca y los gobiernos regionales “ad-hoc”; sin negar su impacto negativo, no se trataba únicamente de la “contra”. Tampoco la socavó la oposición interna de la derecha encabezada por la jerarquía católica o la desconfianza de la Costa Atlántica. De seguro influyó la provocación desde Costa Rica en marzo del 83; la “contra” a sus anchas en Palmerola, sostenida por la derecha y los militares hondureños, con armas surtidas por israelíes, distribuidas por los gusanos de Miami y la CIA, organizados por el 601 de contrainteligencia argentina. Por supuesto que la oposición aprovechó las embestidas regionales y los designios imperiales de Ronald Reagan, secundado por los Oliver North, John Poindexter, Richard Singlaub, Richard Secord y John Dimitri Negroponte, embajador en Tegucigalpa. La gran prensa y las agencias que la surten contribuyeron, sin cuestionar quién mandaba las armas o las minas que se “plantaban” en aguas nicas.

Pero en la interna sandinista, ¿cuándo, en qué momento hicieron a un lado los cambios: fue al escoger a Daniel; en momentos que Arnaldo Ochoa aconsejaba a Humberto y “bypasseaba” a sus propios diplomáticos; con la “Piñata”; en el gobierno de Violeta Chamorro; después…?

Es evidente que la presión ejercida por algunos miembros de la Internacional Socialista de Latinoamérica -como Carlos Andrés Pérez y el prosionista Luis Alberto Monge Álvarez-, de la que se hicieron eco algunos integrantes de los grupos de Contadora y de Apoyo, derivaron en los Acuerdos de Esquipulas: cuatro países de Centroamérica se mantuvieron en lo que estaban -varios fingiendo acatamientos a voluntades populares- y uno, Nicaragua, abjurando de pretensiones a un destino nuevo, con espacios reivindicados para el pueblo, haciendo la revolución proclamada y reclamada, con otra institucionalidad.

En la actual presidencia de Ortega, de sucesivas reelecciones e incontenible y desbordante ascenso de Rosario Murillo, el camino a la revolución está extraviado: atrás quedaron girones de masividad poética y heroísmo. Figuran, sí, unos premiados y hasta algún extranjero se lo nombró diplomático, representante del país, pero esperanzas y sueños de mudanza -incluidos los intercambiados y cultivados en la Bolsa de Noticias, en lo de Mireya o una noche en la Yerbabuena- están muertos.

Desde la segunda mitad de abril las decenas de caídos por la represión en Nicaragua ocuparon los espacios informativos. El intento de imponer una reforma al sistema de seguridad social -incrementando los aportes de trabajadores y empleadores, cada uno en 5%, y la rebaja de los pagos a jubilados y pensionistas en 10%- concitó el inicial rechazo de un puñado de estudiantes universitarios de Managua, seguido por sectores de clase media y animando a un aliado de Ortega-Murillo de los últimos 11 años, el conjunto patronal cupular del Cosep, a sumarse. Junto a la capital, otras ciudades consideradas bases de apoyo del gobierno –como Matagalpa, León, Estelí, Masaya y Chinandega- se unieron y en ellas también aparecieron movimientos de rechazo, manifestaciones, saqueos a comercios, represión y detenciones.

A la ruptura con el Cosep por la determinación aprobada el 16 de abril y la reacción masiva de sectores populares, se agregó la jerarquía católica –tradicional aliado del binomio de gobierno–, obligando a Ortega a desplegar, primero, al Ejército en algunos sitios; considerar que la protesta de la gente era comparable a las “maras”, que pululan en Centroamérica, y al final derogar la medida e instalar el diálogo.

En verdad, el estallido por la reforma del sistema previsional -en aplicación de lo más recibido de la doctrina del FMI- es un efecto de la crisis prolongada que afecta al país desde hace alrededor de tres décadas. Las esperanzas que se abrieron a partir del 79 naufragaron consecutivamente. El desborde fue y es, asimismo, consecuencia -tardía, tal vez- de los pactos de Ortega con presidentes de la derecha, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños -alianzas denunciadas por corruptas- en la que proliferó la crítica acerva de los revolucionarios al capitalismo, su secuela de privatizaciones y al TLC regional con Estados Unidos (CAFTA). Estas posiciones se mantienen actualmente contra el gobierno Ortega-Murillo, al que se acusa de aplicar recetas neoliberales, recortar el papel de las instituciones, ambientar los favores de una nueva burocracia, al tiempo de mantener posiciones de dominio en los mayores medios de comunicación, conculcando en gran medida la libertad de expresión.

Por supuesto que es innegable que sobre la situación se han montado desde la oposición de derecha, el clero reaccionario y Estados Unidos. No puede negarse, en el caso de la potencia imperial, que de todas maneras impulsa y está detrás de las movilizaciones facilitadas por los errores y horrores del gobierno; que aquella espera su caída y el cambio por un régimen acorde con sus designios. Tampoco que desde Washington y a través de ciertas ONG se operan por la AID parte de los 31 millones de dólares de que dispone para un programa de adiestramiento y nombre largo que resulta un eufemismo que mal encubre prácticas desequilibrantes contra gobiernos que se desea sustituir.

Pero no puede ocultarse que se ha sometido a Nicaragua a la terrible dictadura del capital, que explota las riquezas nativas comunes aprovechándose de una mano de obra con escasa remuneración y no sindicalizada.

Al retomar a Augusto C. Sandino (*) -el revolucionario de Niquinohomo, asesinado en 1934- se lee que convencido afirmaba: “Sólo los obreros y campesinos llegarán hasta el fin”.

(*) Diego Córdoba lo llamó “General de hombres libres” en la revista bonaerense Eurindia, en 1930. El maestro Gregorio Selser escribió sobre él en Buenos Aires dos obras fundamentales: “El pequeño ejército loco “ (1958) y “Sandino, general de hombres libres” (1959, versión de su obra de 1955).

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